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Magnífico Instinto…..

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Es el instinto uno de nuestros rasgos más complejos y empíricos. A veces olvidado, pero siempre presente, nos acompaña desde que nacemos hasta el último suspiro.

Nos ilumina en el peligro, nos abraza en el amor, nos inspira para los romances del trabajo y nos guía en aquellos interminables silencios de duda. Es un atributo animal que en la talla de nuestro crecimiento suma razón, va afinando su esencia hasta convertirse en un gran aliado.

¿Qué es la belleza humana? Es una mezcla de tantos atributos entre los que se destaca el encanto. El encanto humano está formado no sólo por la mera magnificencia corporal, sino también por los rasgos intelectuales y el lenguaje corporal. Un embrujo, una magia.

La forma de caminar, el movimiento de las manos, el mirar y el reír van formando quienes verdaderamente somos. Estos trazos son los atributos personales que más cautivan.

Reírse con alguien tiene un atracción subliminal: ” Tienes, sin vergüenza alguna, derecho a todo con quien te hace reír”.

No podemos dejar de mencionar el encanto fingido, aquel que sale de una pose por agradar. Posiblemente ese encanto ficticio se alimente del hambre de los instintos no acatados.

La belleza también es afectada por los rasgos del instinto.

Ella presume de lo estético, pero al final la verdadera atracción esta gobernada más por quienes somos; la suma de nuestra gallardía y silencio interior hablan más fuerte que cualquier afectación.

Así, el instinto que nos acecha en lustrosa compañía desde muy jóvenes va formando a través de la percepción nuestro carácter y genio.

Hay también una fuerte erosión cultural que muchas veces va tapando esa voz instintiva que intenta salir cada vez que puede y sufre de una represión moral que echa un velo sobre nuestro hacer.

Posiblemente los instintos más fundamentales a ser puestos en valor sean los de la adolescencia, ya que en esos años, a veces en formas abruptas, las centellas confusas van dando línea a quienes seremos, a quien verdaderamente debemos defender: nosotros mismos.

Los mayores deben ser respetuosos de estos rasgos tempranos, ya que de nada sirve educar a nuestra imagen y semejanza.

Siempre recuerdo con admiración a una mujer, redonda de más, que caminó sola a lo largo de una intimidante galería muy iluminada de un teatro.

Su actitud y seguridad eran tales que resultaba imposible admirar otra cosa más que su galante, sobrio y decoroso pasar, un atractivo tan cautivante como puro y cristalino. Pero era su alma la que la presidía, tallada en su instinto.

De Corazón