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Creativa Adversidad…….

Si en los años finales de la vida tuviéramos la oportunidad de escribir nuestra autobiografía y se nos diera para ello un número limitado de páginas, ¿en qué nos concentraríamos? ¿Qué dejaríamos afuera? ¿Cuántas palabras, líneas, párrafos, páginas o capítulos dedicaríamos a muchos de esos “malos pasares? ¿Estarían aún en nuestra memoria? Y si lo estuvieran, ¿los incluiríamos? ¿De eso trataría, finalmente, nuestra vida? Me he hecho muchas veces estas preguntas, se las hice a otras personas. Inevitablemente, la respuesta es: no le dedicaría ni una línea a la mayoría de esas cosas. O no las recordaría. No serían significativas en el balance. ¿Por qué, entonces, suelen ocupar tanto espacio en el presente?

Quizá se deba a un malentendido por el cual nos sentimos acreedores de una vida sin dolor, sin frustración, sin dificultades. Creemos que si nos portamos bien (y, sobre todo, si se nota) haremos mérito para eso. ¿Pero no se trataría, en ese caso, de una simple transacción, de una suerte de operación de canje? ¿Y no será que por haber creído que así son las cosas terminamos decepcionados, con la sensación de que el contrato no se cumplió, de que fuimos burlados?.

La médica suiza Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004), que dedicó su vida a aliviar el dolor de otros y a acompañar en su final a enfermos terminales, dice en su emocionante autobiografía (La rueda de la vida) que “nada está garantizado en la vida salvo que todo el mundo debe enfrentarse a dificultades. Así es como aprendemos.

Algunos lo hacen desde el momento en que nacen”. En esa dirección apuntaba Carl Jung, padre de la psicología profunda, cuando sostenía que no se crece ni se alcanza la conciencia sin dolor. Jung no era un apologista del dolor, sino un lúcido observador de la realidad.

La adversidad nos da la posibilidad de poner en juego nuestros recursos, de fortalecerlos, de absorber experiencia, de templar nuestro carácter, de encender nuestra creatividad, de acceder a una perspectiva amplia y profunda del rumbo que lleva nuestra vida. No siempre el infortunio obliga a cambiar ese rumbo.

A veces, confirmamos que hay en el dolor un sentido. Cuenta la doctora Kübler-Ross cómo, en una circunstancia de extremo sufrimiento, comprendió que Dios “jamás enviaría a alguien algo que no pueda soportar”. El sentido del dolor no viene impreso en un folleto.

Es responsabilidad de quien se hace cargo de su propia vida descubrirlo y entenderlo. Si queremos que alguien cargue con nuestro equipaje, jamás comprenderemos el sentido de nuestro devenir, y tampoco podremos quejarnos por lo que ese maletero hace con nuestras cosas.

Lamentablemente, hay muchos maleteros oportunistas que se ofrecen a tomar nuestra maleta (que incluye nuestra voluntad, nuestra responsabilidad, nuestro poder de decisión, nuestra libertad) a cambio de costos altos y promesas imposibles de cumplir. Algunos de ellos se visten de gurúes, otros de profetas, otros de genios de la tecnología, de magos de la ciencia o la medicina, cuando no de mesías políticos o económicos.

Si estamos dispuestos a afrontar la experiencia de vivir, escribía Kübler-Ross poco antes de su propio final, la atravesaremos sin necesidad de un gurú o un “maestro” que nos diga cómo hacerlo. Y si queremos evitar esas experiencias o pasarles por el costado, haremos de esos mismos gurúes y “maestros” los “culpables” de nuestros malos pasares.

Nada habremos aprendido, entonces, y poco tendremos para contar en nuestra autobiografía. Quizá no se nos da lo que deseamos, decía la médica suiza, pero siempre recibimos lo que necesitamos. El secreto consiste en diferenciar una cosa de la otra.

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A vos te pido, no me des por conocida.

  

  

No vas a lograrlo; NADIE puede: por más que te esmeres, que seas veraz, auténtica, concisa, abierta… podrás lograr otras cosas, pero no ésa, que todos anhelamos: ser TOTALMENTE comprendido.

 

Porque “comprender” significa, literalmente, “abarcar” (como una región que está “comprendida” entre tales y tales calles).

 

                               ¿Quién puede abarcarnos por completo?

 

Sólo nosotros mismos. Aunque, en lo cotidiano… cuánto quisiéramos ser mejor abarcados por el otro.

 

Pero es muy difícil! Y duele, claro que sí… A veces, el sólo hecho de no ser emocionalmente decodificado por el otro es muy penoso (sobre todo si es alguien amado).

 

Pero peor es aún cuando, además, se está siendo malinterpretado por ese otro, traducido erróneamente, etiquetado… y ese otro afirma, no obstante, con total convicción, que, aunque no lo creas, SÍ TE HA COMPRENDIDO.

 

¿Cómo convencerle de que ESTÁ EQUIVOCADO, que aquél a quien está describiendo NO somos nosotros? El poeta Anzoátegui decía: “Tengo dos silencios: uno cuando callo, el otro cuando hablo y no llego”.

Pero… cuidado: eso también te sucede a la inversa, cuando estás SEGURO sobre “quién y cómo es el otro”.

 

                       EL OTRO ES UN MISTERIO, YO SOY UN MISTERIO PARA EL OTRO.

 

¡Cuántos vínculos podrían descomprimirse si se abandonara la exigencia de SIEMPRE “comprenderse mutuamente“!

 

Porque… no nos confundamos: no es indispensable comprender por completo a alguien para amarlo o apreciarlo.

 

Entonces: puede ser sensato no reclamarle a otro por “no comprenderte”; sí, eventualmente, por tergiversarte, juzgándote a partir de supuestos.

 

No podemos pedir que se nos comprenda, pero sí que se mantengan acerca de nosotros los puntos suspensivos.

 

                        Éste sería uno de los respetos más básicos en cualquier vínculo.

 

Habría que tatuárselo en la frente: “POR FAVOR: NO ME DES POR CONOCIDA!” Y si esto se cultiva recíprocamente… ¡qué buena base para cualquier relación! Ya sea de pareja, entre hermanos, de padres e hijos, entre amigos, de terapeuta-paciente, (de Arquitecto a Arquitecta)…….

Y si eso no es posible (si te dan por sentado, irremediablemente)… habrá que ver QUÉ PESO TIENE ESA INCOMPRENSIÓN: ¿está dentro de lo aceptable?

 

¿Hago yo lo mismo con el otro? Y, por último, ¿hace requerible poner una saludable distancia, (ya sea parcial o completa)?

 

En ciertas ocasiones la vida nos deja sin posibilidad de elegir, forzados a convivir con alguien que tiene una versión falaz o injusta de quienes somos.

 

Entonces convendrá, a veces, darse a conocer a través de palabras y de actos, pero, muchas otras, quizás, ya no insistir.

 

Como decía un personaje de una vieja película: “No des explicaciones: tus amigos no las necesitan, y tus enemigos no las creerán”. Ser fiel a sí mismo, se nos comprenda o no.

 

Tal vez así uno pueda irse de esta vida diciendo palabras como éstas:

  

A PESAR

A pesar de la lucha cotidiana  

conservo en mí una paz que me ennoblece,
y a pesar de que el mundo me entristece
vuelvo a confiar en él cada mañana.

No me deprime la injusticia humana,
no me mancha el dolor, que me ensombrece,
lo mismo que la noche no ennegrece
con su paso el cristal de la ventana.

 Y aunque la incomprensión me desespere,
disimulo la herida a quien me hiere,
y tengo la bondad de sonreír.

Y así, por el Amor en que he creído,
sufriendo, -¡como todos!- he cumplido
con el alto heroísmo de vivir.
 
Pedro Miguel Obligado
 
 De Corazón a Corazón
 
 

 

  FABI