Bienvenidos a mi espacio para el Alma…el Corazón…y los Sentidos…..

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Pareciera que nada alcanza…..

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Pareciera que nada alcanza, somos inquilinos de la queja. Debatimos en interminables charlas de café con nuestra suerte el motivo por el cual vino hoy a molestar más que antes y, por supuesto, nunca menos que mañana.

Estamos convencidos de nuestro reproche. El tránsito carece de horizontes si sólo caminamos en el bosque.

Así y todo, creeremos que la gota sudada siempre será mayor que la merecida. Mamerto Menapace, cura viejo y entendido en la materia de vivir, dijo una vez: “Cada uno carga con la cruz que puede soportar”.

Ni más ni menos peso. Si aprendiéramos a disfrutar del viaje, ¿llegaríamos mejor a destino?……..

Quizá buena parte de la queja extendida y cotidiana que respiramos, y que poluciona nuestra mente y nuestro corazón, parta de un malentendido original.

Según éste, tendríamos un destino asegurado. Queremos encontrarnos en él sin viajar y reclamamos si hay que hacer el tránsito. Pero todo el secreto está en el viaje, en sus incidentes, en sus riesgos y en cada uno de sus albures.

Si se pudiera llegar sin viajar, nada habría para contar. Estaríamos privados de la experiencia. No sólo se quejan quienes encuentran obstáculos durante la travesía, sino también quienes llegan por un atajo.

Tienen lo deseado, pero no los abandona la ansiedad, ni el desasosiego ni la sensación de vacío. No venimos al mundo con un destino asegurado bajo el brazo, ni con una garantía de que lo alcanzaremos ni con un seguro para el caso de que no fuere así.

Si algo marca cada vida, es un interrogante congénito: ¿cuál es el sentido de esa vida? De ahí en más, se trata de responder, no de pedir cuentas. Y la respuesta está en el viaje y su peripecia, no en la llegada.

Traemos el bagaje esencial para el periplo y suele suceder que quienes se quejan de un exceso de peso en su equipaje busquen al culpable en el entorno sin preguntarse si no han sido ellos mismos quienes la crearon con sus elecciones, decisiones y conductas.

No sólo se disfruta de un viaje cuando es plácido, sino también cuando, a pesar de las dificultades, no nos apartamos del camino.

Los obstáculos suelen ser la forma en que la vida nos pregunta acerca de nuestras convicciones, vocación, afectos y valores. Finalmente llega mejor quien responde mientras viaja.

De Corazón


Magnífico Instinto…..

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Es el instinto uno de nuestros rasgos más complejos y empíricos. A veces olvidado, pero siempre presente, nos acompaña desde que nacemos hasta el último suspiro.

Nos ilumina en el peligro, nos abraza en el amor, nos inspira para los romances del trabajo y nos guía en aquellos interminables silencios de duda. Es un atributo animal que en la talla de nuestro crecimiento suma razón, va afinando su esencia hasta convertirse en un gran aliado.

¿Qué es la belleza humana? Es una mezcla de tantos atributos entre los que se destaca el encanto. El encanto humano está formado no sólo por la mera magnificencia corporal, sino también por los rasgos intelectuales y el lenguaje corporal. Un embrujo, una magia.

La forma de caminar, el movimiento de las manos, el mirar y el reír van formando quienes verdaderamente somos. Estos trazos son los atributos personales que más cautivan.

Reírse con alguien tiene un atracción subliminal: ” Tienes, sin vergüenza alguna, derecho a todo con quien te hace reír”.

No podemos dejar de mencionar el encanto fingido, aquel que sale de una pose por agradar. Posiblemente ese encanto ficticio se alimente del hambre de los instintos no acatados.

La belleza también es afectada por los rasgos del instinto.

Ella presume de lo estético, pero al final la verdadera atracción esta gobernada más por quienes somos; la suma de nuestra gallardía y silencio interior hablan más fuerte que cualquier afectación.

Así, el instinto que nos acecha en lustrosa compañía desde muy jóvenes va formando a través de la percepción nuestro carácter y genio.

Hay también una fuerte erosión cultural que muchas veces va tapando esa voz instintiva que intenta salir cada vez que puede y sufre de una represión moral que echa un velo sobre nuestro hacer.

Posiblemente los instintos más fundamentales a ser puestos en valor sean los de la adolescencia, ya que en esos años, a veces en formas abruptas, las centellas confusas van dando línea a quienes seremos, a quien verdaderamente debemos defender: nosotros mismos.

Los mayores deben ser respetuosos de estos rasgos tempranos, ya que de nada sirve educar a nuestra imagen y semejanza.

Siempre recuerdo con admiración a una mujer, redonda de más, que caminó sola a lo largo de una intimidante galería muy iluminada de un teatro.

Su actitud y seguridad eran tales que resultaba imposible admirar otra cosa más que su galante, sobrio y decoroso pasar, un atractivo tan cautivante como puro y cristalino. Pero era su alma la que la presidía, tallada en su instinto.

De Corazón


Disfrutar del Viaje…..

 

WP Disfrutar el camino

 

Pareciera que nada alcanza, somos inquilinos de la queja. Debatimos en interminables charlas de café con nuestra suerte el motivo por el cual vino hoy a molestar más que antes y, por supuesto, nunca menos que mañana. Estamos convencidos de nuestro reproche.

El tránsito carece de horizontes si sólo caminamos en el bosque. Así y todo, creeremos que la gota sudada siempre será mayor que la merecida. Mamerto Menapace, cura anciano y entendido en la materia de vivir, dijo una vez: “Cada uno carga con la cruz que puede soportar”. Ni más ni menos peso.

Si aprendiéramos a disfrutar del viaje, ¿llegaríamos mejor a destino?

Quizá buena parte de la queja extendida y cotidiana que respiramos, y que poluciona nuestra mente y nuestro corazón, parta de un malentendido original.

Según éste, tendríamos un destino asegurado. Queremos encontrarnos en él sin viajar y reclamamos si hay que hacer el tránsito. Pero todo el secreto está en el viaje, en sus incidentes, en sus riesgos y en cada uno de sus albures. Si se pudiera llegar sin viajar, nada habría para contar.

Estaríamos privados de la experiencia. No sólo se quejan quienes encuentran obstáculos durante la travesía, sino también quienes llegan por un atajo. Tienen lo deseado, pero no los abandona la ansiedad, ni el desasosiego ni la sensación de vacío.

No venimos al mundo con un destino asegurado bajo el brazo, ni con una garantía de que lo alcanzaremos ni con un seguro para el caso de que no fuere así. Si algo marca cada vida, es un interrogante congénito: ¿cuál es el sentido de esa vida?

De ahí en más, se trata de responder, no de pedir cuentas. Y la respuesta está en el viaje y su peripecia, no en la llegada. Traemos el bagaje esencial para el periplo y suele suceder que quienes se quejan de un exceso de peso en su equipaje busquen al culpable en el entorno sin preguntarse si no han sido ellos mismos quienes la crearon con sus elecciones, decisiones y conductas.

No sólo se disfruta de un viaje cuando es plácido, sino también cuando, a pesar de las dificultades, no nos apartamos del camino. Los obstáculos suelen ser la forma en que la vida nos pregunta acerca de nuestras convicciones, vocación, afectos y valores. Finalmente llega mejor quien responde mientras viaja.

 

De Corazón


Agradecimiento Liberador

 

Gracias

 

¿El agradecimiento tiene fecha de vencimiento o uno debe pagar toda su vida los favores recibidos, como dice el tango?.

Cuando aparecen los “y todo lo que hice yo por ella”, después de mucho tiempo y pensando que uno ya ha pagado suficientes facturas en la vida, me pregunto cuándo termina esto, cuándo uno se libera de agradecimientos de por vida.

¿Hay alguien o algo que ponga el sello de “pagado” a los favores recibidos?

Si la ayuda que se nos brindó se convierte en una hipoteca con cuotas eternas, quien nos favoreció estuvo haciendo una inversión especulativa.

No nos ayudaba. Se ayudaba. Apuntalaba su ego, intentaba fortalecer su autoimagen. La ausencia de agradecimiento es tan empobrecedora como el permanente recuerdo de lo que se hizo por otro.

El psiquiatra Richard Alpert, que se convirtiera en el maestro espiritual Ram Dass, se refiere a esto en ¿Cómo puedo ayudar?: “Una vez que asociamos la ayuda a una recompensa, comenzamos a utilizarla al servicio de una amplia gama de motivos personales, en lugar de convertirla en expresión de nuestra compasión natural”.

Cuando a una acción de ayuda se responde con una acción de agradecimiento, allí se cierra un círculo virtuoso.

El ayudador y el ayudado quedan libres y es posible que, en los caminos de la vida, en algún momento intercambien sus lugares. Podrán hacerlo con gracia, virtud y desapego.

Si no es así, quedan atrapados en una red de manipulación que degrada a uno y encarcela al otro en la culpa y el agobio.

Ponerle el sello de pagado al favor recibido es fruto de un mutuo acuerdo. Y este se firma con la indeleble tinta de la buena fe.

Es de mala fe no agradecer y también lo es creer que haber ayudado nos convierte en acreedores perpetuos. Esto ocurre cuando el que ayuda se enamora de su propia imagen de asistente.

Entonces andará siempre a la búsqueda de un necesitado, sentirá que si no ayuda no es y exigirá un permanente agradecimiento que lo confirme en su rol. En ese caso, el sello de pagado lo debe poner quien ya supo agradecer.

 

De Corazón


Creativa Adversidad…….

Si en los años finales de la vida tuviéramos la oportunidad de escribir nuestra autobiografía y se nos diera para ello un número limitado de páginas, ¿en qué nos concentraríamos? ¿Qué dejaríamos afuera? ¿Cuántas palabras, líneas, párrafos, páginas o capítulos dedicaríamos a muchos de esos “malos pasares? ¿Estarían aún en nuestra memoria? Y si lo estuvieran, ¿los incluiríamos? ¿De eso trataría, finalmente, nuestra vida? Me he hecho muchas veces estas preguntas, se las hice a otras personas. Inevitablemente, la respuesta es: no le dedicaría ni una línea a la mayoría de esas cosas. O no las recordaría. No serían significativas en el balance. ¿Por qué, entonces, suelen ocupar tanto espacio en el presente?

Quizá se deba a un malentendido por el cual nos sentimos acreedores de una vida sin dolor, sin frustración, sin dificultades. Creemos que si nos portamos bien (y, sobre todo, si se nota) haremos mérito para eso. ¿Pero no se trataría, en ese caso, de una simple transacción, de una suerte de operación de canje? ¿Y no será que por haber creído que así son las cosas terminamos decepcionados, con la sensación de que el contrato no se cumplió, de que fuimos burlados?.

La médica suiza Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004), que dedicó su vida a aliviar el dolor de otros y a acompañar en su final a enfermos terminales, dice en su emocionante autobiografía (La rueda de la vida) que “nada está garantizado en la vida salvo que todo el mundo debe enfrentarse a dificultades. Así es como aprendemos.

Algunos lo hacen desde el momento en que nacen”. En esa dirección apuntaba Carl Jung, padre de la psicología profunda, cuando sostenía que no se crece ni se alcanza la conciencia sin dolor. Jung no era un apologista del dolor, sino un lúcido observador de la realidad.

La adversidad nos da la posibilidad de poner en juego nuestros recursos, de fortalecerlos, de absorber experiencia, de templar nuestro carácter, de encender nuestra creatividad, de acceder a una perspectiva amplia y profunda del rumbo que lleva nuestra vida. No siempre el infortunio obliga a cambiar ese rumbo.

A veces, confirmamos que hay en el dolor un sentido. Cuenta la doctora Kübler-Ross cómo, en una circunstancia de extremo sufrimiento, comprendió que Dios “jamás enviaría a alguien algo que no pueda soportar”. El sentido del dolor no viene impreso en un folleto.

Es responsabilidad de quien se hace cargo de su propia vida descubrirlo y entenderlo. Si queremos que alguien cargue con nuestro equipaje, jamás comprenderemos el sentido de nuestro devenir, y tampoco podremos quejarnos por lo que ese maletero hace con nuestras cosas.

Lamentablemente, hay muchos maleteros oportunistas que se ofrecen a tomar nuestra maleta (que incluye nuestra voluntad, nuestra responsabilidad, nuestro poder de decisión, nuestra libertad) a cambio de costos altos y promesas imposibles de cumplir. Algunos de ellos se visten de gurúes, otros de profetas, otros de genios de la tecnología, de magos de la ciencia o la medicina, cuando no de mesías políticos o económicos.

Si estamos dispuestos a afrontar la experiencia de vivir, escribía Kübler-Ross poco antes de su propio final, la atravesaremos sin necesidad de un gurú o un “maestro” que nos diga cómo hacerlo. Y si queremos evitar esas experiencias o pasarles por el costado, haremos de esos mismos gurúes y “maestros” los “culpables” de nuestros malos pasares.

Nada habremos aprendido, entonces, y poco tendremos para contar en nuestra autobiografía. Quizá no se nos da lo que deseamos, decía la médica suiza, pero siempre recibimos lo que necesitamos. El secreto consiste en diferenciar una cosa de la otra.


El Arte de Estar Presente

               

                                                                                                                                                                                                                                

Compartíamos una tibia taza de té con mis amigas, al mismo tiempo que en una mesa contigua, se desarrollaba la vida de un hombre que no podía concluir su taza de café debido a las demandas de su celular, que no paraba de sonar y sumirlo en preocupadas tribulaciones y gestos desoladores, mientras trataba en vano, de terminar de teclear en su notebook quien sabe que informe urgente e impostergable, estaba impregnado de una urgencia inexplicable por hacer todo a la vez, todo ya y todo bien……y su taza de café seguía en la infructuosa espera de proponerle una cálida y placentera pausa.

Me preguntaba:¿Es esa la manera de vivir la vida?…¿Cuántos minutos le ganaríamos al tiempo si hiciéramos varias cosas a la vez?….¿Porqué la carrera, adonde sentimos que debemos llegar?….¿Cuánto tiempo ahorraríamos?

Desde mi perspectiva creo que hay dos maneras de vivir cada día como si fuera el último. Una es vivirlo con la desesperación de quien se lamenta de todo lo que no hizo, de lo que no alcanzó, de lo que no dijo, y se propone repararlo en el plazo de unas pocas horas.

Las vivirá con angustia, contra reloj y aunque alcance a completar la tarea, quizá no encuentre felicidad, sentido ni paz. Otro modo consiste en vivir ese día con plena presencia en cada minuto. Es decir, estando con quien estamos, haciendo lo que hacemos.

Si estás con tu hijo, tu amigo, tu pareja, tu padre, tu madre, tu hermano o hermana, estás ahí; no miras el reloj; escuchas; sientes; dices. Si lees el diario, lees el diario y si comes, comes. El último día no tendría que ser diferente de los otros, si los otros han sido días realmente vividos en el presente, sin huir hacia un futuro que siempre escapa.

Cuando al científico y ambientalista Michael Lerner, que trabaja con personas con cáncer, le preguntaron cómo viviría sus días ante el anuncio del final, respondió:

 “Pasaría tiempo con gente que valoro, leería libros, escribiría mis sentimientos y pensamientos, escucharía música, no perdería tiempo en urgencias ni en viejas obligaciones y mandatos, aceptaría la pena de saber que es el último día, pero celebraría la belleza, la alegría y la sabiduría”.

Estas maravillosas palabras bien pueden leerse como un proyecto de vida antes que como una despedida.

Quien viva de este modo cada día, no pasará grandes angustias en el último, no habrá dejado la verdadera vida para el minuto final y no andará haciendo desesperados y postergados trámites existenciales justo antes de que le cierren la ventanilla.

El estilo de vida ansioso y urgido que describen nuestras preocupadas nace de la confusión entre vivir en el presente y vivir en el instante. El instante es fugaz y sin raíces, viene de la nada y se pierde en el vacío.

El presente es el punto de encuentro del pasado (cada paso caminado en la vida) con el futuro (el tiempo hacia donde nuestras potencialidades se proyectan).

El presente es móvil, cambiante, rico, plástico; cuando estamos de veras en él, nos impregna, enriquece nuestro mundo emocional, agrega material valioso a nuestra memoria, nos prepara mejor para lo que vendrá.

En el instante, en cambio, desaparecemos sin concretar nada, sin dejar huellas, sin estar ni aquí ni allá, ni ahora ni después.

Hacemos como que estamos, pero no estamos, prestamos la oreja pero no escuchamos, tragamos sin masticar y, por lo tanto, no nos alimentamos; el hambre (hambre de sentido, de presencia, de significado) nos sigue acosando.

Hemos llenado nuestro estómago sin habernos nutrido.

Hacia 2002, el maestro espiritual Ram Dass (quien antes de seguir ese camino fue un connotado profesor de Harvard) escribió un luminoso testimonio, llamado Aquí todavía , luego de un episodio de salud que lo tuvo al borde la muerte.

Propone allí el arte de hacer una cosa a la vez, de concentrarnos en lo que de veras importa. Lo que importa, si tengo sed, es beber.

Si tengo sueño, es dormir. Si amo, es demostrarlo. Si me hablan, es escuchar. Si necesito, es pedir. Si no sé, es preguntar.

“En el próximo sorbo de té, la próxima respiración, el próximo paso, el tiempo no existe”, escribe Ram Dass.

 “Cada vez que vivamos plenamente el momento, sentiremos el alivio de estar en el presente eterno.” Parece que una vida plena no requiere de misteriosas ni complicadas recetas ni de ansiosas urgencias, sólo requiere de atención plena en el “estar aquí y ahora”.


A vos te pido, no me des por conocida.

  

  

No vas a lograrlo; NADIE puede: por más que te esmeres, que seas veraz, auténtica, concisa, abierta… podrás lograr otras cosas, pero no ésa, que todos anhelamos: ser TOTALMENTE comprendido.

 

Porque “comprender” significa, literalmente, “abarcar” (como una región que está “comprendida” entre tales y tales calles).

 

                               ¿Quién puede abarcarnos por completo?

 

Sólo nosotros mismos. Aunque, en lo cotidiano… cuánto quisiéramos ser mejor abarcados por el otro.

 

Pero es muy difícil! Y duele, claro que sí… A veces, el sólo hecho de no ser emocionalmente decodificado por el otro es muy penoso (sobre todo si es alguien amado).

 

Pero peor es aún cuando, además, se está siendo malinterpretado por ese otro, traducido erróneamente, etiquetado… y ese otro afirma, no obstante, con total convicción, que, aunque no lo creas, SÍ TE HA COMPRENDIDO.

 

¿Cómo convencerle de que ESTÁ EQUIVOCADO, que aquél a quien está describiendo NO somos nosotros? El poeta Anzoátegui decía: “Tengo dos silencios: uno cuando callo, el otro cuando hablo y no llego”.

Pero… cuidado: eso también te sucede a la inversa, cuando estás SEGURO sobre “quién y cómo es el otro”.

 

                       EL OTRO ES UN MISTERIO, YO SOY UN MISTERIO PARA EL OTRO.

 

¡Cuántos vínculos podrían descomprimirse si se abandonara la exigencia de SIEMPRE “comprenderse mutuamente“!

 

Porque… no nos confundamos: no es indispensable comprender por completo a alguien para amarlo o apreciarlo.

 

Entonces: puede ser sensato no reclamarle a otro por “no comprenderte”; sí, eventualmente, por tergiversarte, juzgándote a partir de supuestos.

 

No podemos pedir que se nos comprenda, pero sí que se mantengan acerca de nosotros los puntos suspensivos.

 

                        Éste sería uno de los respetos más básicos en cualquier vínculo.

 

Habría que tatuárselo en la frente: “POR FAVOR: NO ME DES POR CONOCIDA!” Y si esto se cultiva recíprocamente… ¡qué buena base para cualquier relación! Ya sea de pareja, entre hermanos, de padres e hijos, entre amigos, de terapeuta-paciente, (de Arquitecto a Arquitecta)…….

Y si eso no es posible (si te dan por sentado, irremediablemente)… habrá que ver QUÉ PESO TIENE ESA INCOMPRENSIÓN: ¿está dentro de lo aceptable?

 

¿Hago yo lo mismo con el otro? Y, por último, ¿hace requerible poner una saludable distancia, (ya sea parcial o completa)?

 

En ciertas ocasiones la vida nos deja sin posibilidad de elegir, forzados a convivir con alguien que tiene una versión falaz o injusta de quienes somos.

 

Entonces convendrá, a veces, darse a conocer a través de palabras y de actos, pero, muchas otras, quizás, ya no insistir.

 

Como decía un personaje de una vieja película: “No des explicaciones: tus amigos no las necesitan, y tus enemigos no las creerán”. Ser fiel a sí mismo, se nos comprenda o no.

 

Tal vez así uno pueda irse de esta vida diciendo palabras como éstas:

  

A PESAR

A pesar de la lucha cotidiana  

conservo en mí una paz que me ennoblece,
y a pesar de que el mundo me entristece
vuelvo a confiar en él cada mañana.

No me deprime la injusticia humana,
no me mancha el dolor, que me ensombrece,
lo mismo que la noche no ennegrece
con su paso el cristal de la ventana.

 Y aunque la incomprensión me desespere,
disimulo la herida a quien me hiere,
y tengo la bondad de sonreír.

Y así, por el Amor en que he creído,
sufriendo, -¡como todos!- he cumplido
con el alto heroísmo de vivir.
 
Pedro Miguel Obligado
 
 De Corazón a Corazón
 
 

 

  FABI