Bienvenidos a mi espacio para el Alma…el Corazón…y los Sentidos…..

PROFUNDO SENTIR

Reflexión de Pascuas…

 

 

 

 

¿Y es que por un momento, puedo salir de la rutina y dejar a mis pensamientos hablar?

 
Es que hoy me despojo de todo lo que acosa mi necesidad, de ser hija de esta tierra para así poderla disfrutar.

Me deshago de lo cotidiano, de lo sin sentido por años, llenando mis pulmones con este aire purificado que me revitaliza y me hace vibrar.

 

Queriendo tomar al tiempo en mis manos y acunarlo entre mis brazos, hasta que se duerma y no corra más.
Dejar que los segundos, minutos y horas, se desmayen para que en algún momento de su letargo, también se puedan deleitar.

Cerrar lo ojos frente al mar de azules intensos, sintiendo como la brisa me conduce a meditar.
Pausar, pausar, pausar todo lo que vaya de prisa, y así disfrutar sin apuros la vida hasta saturarme de paz.

Observar con los ojos del alma, cada rincón del mundo como los ángeles lo protegen con su inagotable danzar.
Porque fuimos elegidos para gozar de su pureza y de su sanadora bondad.

Entregar un beso a cada niño que clama con su mirada, las migajas de un pan.
Un pan que nunca llega aunque griten, lloren, mueran porque los hombres, sólo piensan en ganar.

Sentir todo eso que pasa desapercibido ante tantos seres inertes, pudiendo generosamente ayudar.
Levantando mi voz como un grito, para que de una vez despierten de su muerte espiritual.

Transformar mi cuerpo entero, para convertirme en invulnerable a todo lo que me dispone mal.
Ese mal que nadie nota, pero que lentamente y en silencio, nos viene a atrapar.

Sin embargo aún quiero respirar profundo y en la cima más alta, conquistar a un cóndor para en sus alas recorrer el grandioso mar.
Sentir que mi corazón late apresuradamente ante tanta hermosura creada, por el amor del Padre Celestial.

Detener mis lágrimas de hiel , al mirar las mentes siniestras que se regocijan con devastar.
Vidas, vidas y más vidas, ¿hasta cuándo los vamos a dejar?

Irrumpiré como una ola que los arrastre lo más lejos posible, hasta la más tenebrosa profundidad.
No merecen ni la vida, ni el respeto, ni la lástima y ni siquiera la piedad.

Basta de ver tanta tristeza, devastación, injusticia y soledad.
Trabajar por la justicia, ante la naturaleza y la humanidad.

Y veo otra vez, cómo se mueven las olas, tan cómplices con la arena, que sólo piensan en bailar.
Iluminando la pista marina con la sonrisa del sol colosal.

Conversarnos con la luna y preguntarle , ¿a cuántos hoy va a enamorar?
Con esa luminiscencia hipnotizante, que es imposible de olvidar.

¿Y es que pude por un momento, dejar después de tantos intentos, a mis pensamientos hablar?

Es que he despertado al tiempo, después de haber tocado el cielo, respirado el viento del océano y llevado a un niño hambriento, un poco de felicidad.


                                                                                                                                                              

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Aceptar y Celebrar

  

 

Ante situaciones significativas o decisivas de la vida suele aparecer ante nosotros la pregunta: ¿por qué?

Necesitamos saber por qué sucedió?, por qué lo hicimos?, por qué nos lo hicieron?, por qué no fue de otro modo?, por qué actuamos de tal manera o lo hicieron con nosotros?….

¿Acaso un porqué, nos permita entender y no repetir. Y entonces, quizás, aceptar…..

¿Y qué es, por fin, aceptar?

A menudo confundimos esta palabra con tolerar. Y con frecuencia solemos emparentarla con resignación.

Pero ni quien tolera ni quien se resigna aceptan. Tampoco quien justifica (a veces la negación suele vestirse de justificación).

La tolerancia da al tolerante un cierto distanciamiento, una cierta superioridad: él demuestra estar por sobre la imperfección de los otros o de las cosas, tolerándolas, sin dejar de hacer notar que lo hace o sin dejar de estar disconforme.

Eso lo coloca un escalón más arriba que el o lo tolerado. En la resignación tampoco hay aceptación, sino desconsuelo ante la imposibilidad de entender o de transformar. Y deja como resaca una cierta melancolía.

En este caso, el escalón está por debajo. La aceptación, en cambio, supone equidad. En la más sencilla de sus acepciones, el diccionario de nuestra lengua dice que aceptar es dar por bueno.

En la aceptación hay recepción sin cuestionamiento, hay empatía y comprensión, hay compasión. Quien acepta recibe, toma, y al hacerlo celebra. Así sea que lo aceptado trate del otro, de un hecho, de la naturaleza o de uno mismo.

Aceptamos sin condiciones; no lo hacemos a cambio de que, gracias a esta actitud, se nos aseguren ciertas devoluciones o contraprestaciones.

Casi siempre, aquello que aceptamos es algo que no depende de nosotros, es algo que encontramos consumado. Vista así, la aceptación encierra una enorme dosis de humildad. Lo que sí depende de nuestra voluntad es aceptar. Somos responsables de ello.

Es un acto consciente e intencional que, a menudo, es producto de arduos procesos de aprendizaje, de experiencias a veces dolorosas, ya que difícilmente la conciencia se expanda y profundice sin una cuota de dolor.

Con la aceptación de lo que son las cosas, con sentido práctico y en tiempo real, puede alcanzarse un nivel de espiritualidad tan alto como el que puede conseguirse por otros medios”.

Por todo esto, quizá más importante que preguntarnos por qué resulte preguntar para qué hacemos o nos ocurre o sucede aquello que nos afecta.

Para aprender qué, para atravesar qué, para aceptar qué. Preguntar por qué nos remite una y otra vez a lo pasado.

Preguntar para qué nos invita a explorar lo que viene. La aceptación tiene que ver con esto. Acaso por ello el filósofo André Comte-Sponville la considera el contenido principal de la sabiduría.

Cada acto de aceptación nos liga a lo más esencial y misterioso de la vida. Nos aliviana el equipaje y nos habilita a continuar el viaje…… 

 De Corazón a Corazón    

FABI

 


Pasado Imperfecto

  

                                               

El paso de los años es una cosa natural, imparable y común a todos los seres humanos.

Sin embargo, esa mezcla de vértigo y lentitud que es la vida hace que, de pronto, pasen quince o veinte años y a uno le parezcan muchos menos e inesperadamente aparecen los síntomas de que todo ha cambiado tanto y tan imperceptiblemente a la vez, que una generación nueva nos sorprende con preguntas que creíamos ya contestadas y discutidas, pero que para ellos, los adolescentes, no tienen la misma claridad que para los que hemos transitado los avatares de épocas pasadas.

Es tanta la pasión que ponemos para superar situaciones adversas, para gozar momentos de optimismo y felicidad y para capear temporales psicológicos individuales y traumas sociales colectivos que nos parece obvio y natural que todos estén al tanto de lo que hemos vivido, sin notar que “veinte años no son nada” para una letra de tango, pero son muchísimo para una existencia humana.

No obstante, parte de la desinformación de los adolescentes es culpa nuestra….. 

Nosotros, los menos jóvenes, por no parecer aburridos y pasados de moda, obviamos el comentario de nuestras épocas y abonamos con nuestros propios olvidos el terreno siempre fértil de la borratina histórica a la que nos inducen políticos truculentos con sus slogans de “no miremos para atrás”, “el futuro es lo que importa”, “lo pasado pisado”, “olvidemos los agravios y no cultivemos el rencor”, “hay que superar los malos momentos y no seguir regodeándose en el dolor por lo que ocurrió”, etc.

Para éstos “mesías”… del futuro perfecto, éstos slogans son las cortinas de humo para ocultar sus pasados borrosos llenos de agachadas, chicanas, estafas, negociados, alianzas nefastas y crímenes de todas clase.

No deberíamos ser cómplices de tanta frivolidad tramposa; no deberíamos perder la memoria con la facilidad del pececito de memoria corta, el delicioso personaje de Dorrie en Buscando a Nemo .

La mejor lección de historia es la que dan los protagonistas de cada época. ¿Quién mejor que el que vivió, gozó y sufrió puede dar el testimonio vital indispensable del devenir histórico?

Seguramente, la visión no será objetiva y estará teñida por los sentimientos y las creencias de cada uno y cada uno también contará la historia desde su lugar, su condición y de acuerdo con cómo le haya ido en la feria de la vida, pero con cada relato, detrás de cada testimonio y a través de todas las experiencias el adolescente podrá armar el rompecabezas y aportar desde su perspectiva actual una visión cabal acerca de cómo aquellos hechos del pasado han condicionado su presente.

Lo que no se puede hacer es callar……

Lo inconcebible y nefasto es olvidar, confundir y desperdiciar el invalorable don que el raciocinio da al ser humano para no pasar por esta vida como un fantoche autista, desmemoriado, distraído e indiferente.

Los años pasan rápido y antes de que nos olvidemos de todo, hagamos cada tanto un repaso de lo pasado para, en el presente, proyectar un futuro que no se base en el puro optimismo negador ni en el eterno desaliento que encierra aquel dicho de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Me siento sorprendida, por adolescentes que no tienen la más pálida idea de las cosas que pasaban hace veinte o treinta  años,  y por adultos que parecen haber vivido en torres de cristal y que han pasado por la vida sin aprovechar las lecciones de la historia.

Esos adultos  que son el espejo deformante donde muchos jóvenes pueden reflejarse en forma equívoca y desperdiciar la oportunidad de luchar sin violencia de ningún tipo, pero con convicción profunda por esos ideales que nunca pasarán de moda: paz, trabajo, libertad, salud y educación para todos; armonía y respeto para los diferentes; honestidad y debate permanente para que nada se anquilose y se estanque

Sabiendo que la vida pasa rápido y en cualquier momento uno puede ser pasado imperfecto……

 

                                                         De Corazón a Corazón 

                                                                     FABI

 

Encuentro Sublime

  
                                                                           
  
 
Reencontrarme con mi yo….un lujo Divino……
 
 Descalza, retomo los pasos de mi vida y dejo que mi alma vuele por senderos, descubriendo el infinito, como un corcel que busca su hierba en los retoños de la tierra.

Preparo mi propia posada, en donde abriré las compuertas de aguas como el cristal, emulando un rito de caricias para abrazarme a ellas.
  
Y todo lo he dispuesto ya, entretanto los susurros recorren exaltados por la bóveda de mi refugio, como incitándome al esperado éxodo que me conducirá a mis tan ansiadas, constelaciones ancestrales.

Allá, en donde por tanto tiempo detenido, convergeré en el descubrimiento del génesis de mi esencia.
En donde cada interrogante de mi boca, encontrará cada respuesta perdida.
 
Me inicio despacio desnudando mi cuerpo, entre velas que arden radiantes, cálidas y vivas, liberando aromas que evocan en mi razón , recuerdos de vidas que existieron en lo inmemorial.

Y los inciensos observan cómplices y perfuman mi piel rociada por la emoción del momento, para que descienda preparada, a las aguas calmas de mi conciencia.
 
Oh, agua bienaventurada! , que roza como seda cada poro humedecido, entrégame con tu vaivén, la vitalidad alzada a las estrellas. 
 
Como me deleito con la sublimación del humo balsámico de las velas y predispongo mi cuerpo, mi alma y mi espíritu a la consecución de acariciables fines.

Saturo cada puerto de mi cuerpo en las atmósferas excelsas , que crean los inciensos con sus sutiles vibraciones.Pero, los pétalos de mis aguas, se confabulan con las brisas de ámbar, de benjuí, de jazmín y sándalo, para que aun me espere y así adobarme con las caricias del bouquet de Loto y del aceite de Almizcle.

 
Miro hacia la bóveda de inagotables estrellas y percibo como me elevo entre tenues columnas de humos purificados, para conducirme a ese altar sacro. 
 
Pero, los pétalos de mis aguas, se confabulan con las brisas de ámbar, de benjuí, de jazmín y sándalo, para que aun me espere y así adobarme con las caricias del bouquet de Loto y del aceite de Almizcle.
 
Y ya me marcho, entre suspiros y esos brazos que necesitan mi presencia, con mi deseo adjunto de cambiar mi piel como las sirenas en primavera, porque los confines me llaman.

 Esta noche asciendo y arrullo entre aromas los ojos de mi corazón y dejo que la serenidad, esquiva y mágica mujer, toque con sus cabellos, las puertas de mi alma y la conduzca enlazada a la majestuosidad celestial.

  
Y navego en este lago de fuego adormilada…

De Corazón a Corazón

 

FABI


 


Errar….. Es un Error?

  

 

¿Una educación equivocada nos enseña a no cometer errores y a no meternos en problemas?.

 ¿El error malo es el que se repite: “El hombre es el animal que choca dos veces con la misma piedra”?.¿El error bueno es el nuevo, el que efectivamente nos incentiva a aprender?.

Por otro lado, imaginemos qué aburrida sería la vida sin problemas. El problema es el motor de la inteligencia y su mejor instrumento es aprender a pensar.

Efectivamente, hay una creencia, lamentablemente difundida y enraizada, según la cual el error descalifica, las imperfecciones desvalorizan y los resultados deben ser siempre los esperados.

En ella se funda la cultura de la exigencia. Y de ahí emanan premisas del tipo “querer es poder”, “si no lo lograste es porque no te esforzaste lo suficiente” y otras.

La exigencia, que suele verse como un atributo positivo o deseable (“soy exigente con los demás y conmigo”), puede ser, sin embargo, una condición devastadora.

Cuando es ella la que nos guía, ponemos el ojo en el resultado como valor supremo. Y el resultado debe ser el exigido. Así, se debilita y esfuma la noción de proceso. Esto es, de la serie de pasos, ciclos y experiencias que llevan a un resultado.

El proceso incluye también el error. No hay aprendizaje sin error, lo cual no significa que el error dé lugar forzosamente al aprendizaje. Esto dependerá de las situaciones y de las personas.

De aquello que cada uno haga con sus experiencias. Hay quienes, convencidos de que es verdad, insisten y persisten en el error hasta oscurecer completamente su horizonte y su posibilidad de comprensión.

Por ese camino, en el plano individual y en el social, se desemboca a menudo en tragedias. Pero hay quienes, con humildad, con capacidad de aceptación y con plasticidad psíquica, abrevan en el error para cambiar, mejorar, trascender, reparar. En definitiva, para aprender.

“Nuestros errores contienen una tremenda cantidad de energía y ésta puede ser usada de una manera destructiva o constructiva”, apunta Bernard Glassman, abad de la comunidad Zen de Nueva York, en su exquisito libro Cocina zen , en el que trata las semejanzas entre el cocinar y el vivir.

En esa misma obra Glassman recuerda cómo aprende un bebé a caminar: intentándolo y cayéndose. Sin embargo, las caídas no lo hacen desistir, sino corregir, fortalecerse, ganar en habilidades.

Un bebé que se cae no es un malogrado, descalificado para caminar. Ese mismo bebé no piensa, ante la caída, “es inútil, caminar es imposible, jamás lo lograré”.

Creo que cuando se acepta el error, y cuando se lo convierte en materia prima del mejoramiento, es posible alcanzar la excelencia.

Esta genera armonía y satisfacción por lo conseguido, pues hay conciencia del camino que se debió recorrer y de los avatares de ese tránsito, todo lo que la exigencia desconoce y desmerece al enfatizar el resultado, denostar el error y estimular la meritocracia.

En los vínculos o espacios humanos en los que no se admite la existencia del error se crean caldos de cultivo para la angustia, la depresión, la obsesión, la compulsión, la continua autocondena.

Al ser parte de la vida, el error será siempre posible. Pero al rechazarlo, no importará lo bien que salgan las cosas. A lo sumo habrá alivio, no satisfacción. Y luego se reanudará el ciclo de la exigencia.

La negación del error como posibilidad o como hecho, la idealización del resultado (o de uno mismo) acaban por ser un pilar de lo que la gran psicóloga culturalista Karen Horney (1885-1952) llamó una ambición neurótica.

Para Horney (autora, en 1937, de La personalidad neurótica de nuestro tiempo , obra de notable vigencia), cuando caemos en las garras de esta ambición resultadista dejamos de tener relación y contacto con el contenido de lo que hacemos.

Si lo importante es no cometer errores, pasan a segundo plano lo que hacemos y para qué lo hacemos, el espíritu depositado en ello, la maravillosa alquimia de la realización, la transformación y el aprendizaje.

¿Cómo vacunarnos, además, contra el error?

Se me ocurre una única forma: dejando de hacer, cancelando acciones, proyectos, sueños; dejando, como dice Horacio, de “meternos en problemas”.

Esto equivale a clausurar una herramienta esencial de nuestra condición humana y de nuestra sorprendente supervivencia como especie: la capacidad de probar, de corregir, de crear, de ensayar, de reflexionar, de arriesgar, de hacernos nuevas preguntas para explorar nuevas respuestas.

Afortunadamente, en cada uno de nosotros hay una memoria que nos recuerda cómo aprendimos a caminar. 

De Corazón a Corazón

   

 

FABI

 


El Mediodía de la Vida

  

                                         

             



Carl Jung describió a los años de la mediana edad, esos que van desde los cuarenta en adelante, como

 Jung murió en 1961, a los 86 años. Hoy, sobre un final de siglo atravesado por ideas efímeras, por la levedad de los sentimientos, por la prescindencia de los compromisos profundos y, notoriamente, por la pretensión soberbia de negar el tiempo y sus valores inherentes (como son la experiencia, la sabiduría, la templanza, la capacidad de aceptación y la memoria), aquella metáfora estimula a reflexionar.

Solemos llegar a la edad mediana cabalgando sobre temores y creencias, como si se aproximara la hora de despedirnos de nuestras pasiones, de nuestra capacidad amatoria, de nuestro potencial creativo, de nuestro poder de seducción, de nuestra salud física, de nuestra posibilidad de inaugurar, en fin, nuevas opciones existenciales. Son prejuicios no avalados por la experiencia propia.  
  
Y la experiencia ajena es la mayoría de las veces intransferible, al menos en temas existenciales.
 ¿Qué ocurre si hacemos de un día cualquiera la metáfora de toda la vida?
  
El mediodía es un límite que carece de elasticidad. Entre las 12 y las 13 horas la primera mitad de la jornada encuentra su frontera insobornable.
  
No hay confusiones cuando se toma al mediodía como referencia. Nuestra experiencia nos enseña que casi todas las actividades y compromisos que tienen que ver con la exigencia, con el deber y con la obligación se ubican, generalmente, en esa mitad del día.

   

Ejemplos: compromisos laborales y profesionales, los trámites bancarios más urgentes, llevar a los chicos a la escuela, diligencias en instituciones y oficinas vinculadas con diferentes aspectos de nuestra vida doméstica y cotidiana, viajes forzosos, procedimientos vinculados con la salud (análisis, exámenes), pagos, etc., etc. 

  

 La primera mitad del día es el tramo de lo perentorio; es la fase en la cual debemos cumplir con toda una serie de actividades que, muchas veces, están determinadas por exigencias externas a nosotros.

   

Cuando dan las 13 ya no quedan dudas que el mediodía ha quedado atrás.  ¿Cuándo termina, en cambio, la segunda mitad del día?

  

 Se abre un espectro de respuestas tan amplio como la percepción humana y como la experiencia de cada persona. Hay trasnochadores impenitentes y hay gente que se acuesta temprano.

  

 Existen los que gustan de las reuniones sociales o actividades culturales nocturnas y los que prefieren un pronto retiro con su familia, sus afectos, sus libros, su computadora, su programa favorito de tevé, un vídeo postergado, o una soledad elegida.

  

 Hay quienes reposan mientras otros gastan cafés o vinos lentos en largas y fraternales confidencias. Mientras unas parejas descansan, otras hacen el amor.

  

 En la segunda mitad del día se instalan, habitualmente, las elecciones.

  

 Aparecen vocaciones ignoradas, despiertan pasiones dormidas, descubrimos habilidades impensadas, somos capaces de intuiciones desconocidas, se nos revelan nuevas formas de amar, de crear, de trabajar.

  

 Del mediodía en adelante las horas parecen pertenecernos más, el tiempo corre con otro ritmo, más cercano al de nuestra cadencia interior que al de las imposiciones exteriores. Acaso es más nuestra fatiga, pero también creció nuestra conciencia.

  

 ¿No dedicamos la primera mitad de nuestra vida a cumplir con los deberes de seres sociales (completamos la escolaridad, decidimos nuestro destino laboral o profesional, nos casamos, fundamos una familia)?  

  

 ¿No se abre ante nosotros el mediodía de la vida como un territorio en el que, munidos de nuestra responsabilidad, podemos desarrollar las potencialidades que hemos venido madurando? 

  

 Madurar, dice el diccionario, significa “adquirir sazón una fruta”.  

  

 ¿Puede un fruto adquirir sazón si se lo despoja del tiempo?  

  

Nos ha llevado tiempo, vivencias, emociones, sentimientos, razón y pensamientos alcanzar el mediodía de la vida.

  

¿Por qué no extendernos confiados hacia el espacio abierto desde allí en adelante?

  

 “La luna creciente y la luna menguante -decía Jung al hablar de esta hora secreta de la vida- describen una misma curva”.  

  

 Nuestra parábola estaría incompleta si, olvidados de que somos tiempo, pretendiéramos despojarnos de él.

  

El mediodía es la mitad del tiempo sólo para los devotos del positivismo. Para quienes creen que siempre dos más dos es cuatro o que doce horas son la mitad de veinticuatro.

 

Podemos contar hasta doce. Es un cálculo preciso y rápido. Pero si contamos a partir de doce… ¿dónde terminamos? ¿Cuándo terminamos?

 

Mientras la mañana se vive a todo o nada, las horas que conducen desde el mediodía en adelante permiten, con su cadencia, levantar la vista, mirar el cielo y advertir cómo cambian sus matices, sus colores, su profundidad.  

 

En la tarde, en el atardecer, en la noche, es posible ver el cielo sin enceguecerse. Y el observador atento no sólo puede advertir estrellas que nacen y que mueren, brillos fugaces y eternos, figuras y desplazamientos.

 

Con el reposo llega también una certeza, un descubrimiento que se repite una y otra vez, en el cumplimiento de un ciclo eterno y reparador……

 

De Corazón a Corazón

FABI


Al rescate de lo individual…………

 

 

 

 

“No tengo esperanza en el mejoramiento de las sociedades modernas, pero sí creo en las esperanzas privadas de cada persona”…

 

Dice el alemán Günther Jakobs, doctor en leyes y una de las máximas autoridades mundiales en teoría del derecho, y puso sobre la mesa un tema cuya trascendencia acaso no hemos advertido. La diferencia entre lo individual y lo colectivo, entre lo singular y lo plural.


 Vivimos en la sociedad de masas. En esta sociedad la dimensión individual se funde en numerosos espacios masivos.

 

Con frecuencia dejamos de ser quienes somos, originales, únicos, singulares, inéditos, irremplazables, y pasamos a convertirnos en parte de un mercado, de una hinchada, de una audiencia, de un electorado, de una clientela, de un alumnado, de un profesorado, de una corporación, de un partido, de un ejército, de una muchedumbre, de una multitud, de una caravana.

 

Somos, entonces, clientes, consumidores, hinchas, soldados, asistentes, usuarios, miembros, socios, espectadores.

 

Somos “opinión pública”, números de una estadística, legajos de un banco o un ministerio, ya no valemos como individuos, ya no se nos reconoce por aquello nos hace único.

 

Y, lo peor, muchas veces nos sentimos a salvo en ese anonimato, protegidos de la incertidumbre, relevados de elegir por nuestra cuenta, escudados en “no se puede hacer otra cosa”, en “no se puede ir contra la corriente”, en “¿vas a ser el único distinto?”…


 Aunque en lo colectivo hay a veces consecuencias enriquecedoras, entre ellas la de sentirnos partes de un todo, la de ser, junto a otros, destinatarios de algo, la de contar con más fuerza y presencia para exigir el cumplimiento de derechos, la de poder multiplicar nuestra voz, surgen también los riesgos del fenómeno masivo.

 

Junto con la individualidad, suele desaparecer, a menudo, la responsabilidad personal, que es única e indelegable y que, por sobre todo, es necesaria para construir y transmitir valores, para mejorar los espacios sociales, para dotar de sentido a la existencia de cada persona.


 ¿Porqué amparándose en el anonimato de lo masivo, muchas personas dejan emerger los aspectos más sombríos de lo humano?……La discriminación, la violencia, la voracidad, el egoísmo…

 

¿Porqué ampararse en lo grupal para obtener una ventaja individual que, de otro modo, no se tomaría?……

 

Una hinchada se convierte en una barra brava, un grupo afín en una patota, un ejército en una fuerza genocida, un partido político en una fábrica de privilegios y corruptelas, una audiencia, un electorado, un mercado o una clientela devienen en una concentración de seres manipulables, el público ensucia o rompe calles, auditorios, plazas que alguien (anónimo) limpiará o arreglará.

 

¿Será  acaso que, como especie, los humanos atravesamos un estado aún muy primario en la evolución de nuestra conciencia?….

 

Nos falta aprender a unir nuestra diversidad en conjuntos transformadores, a sumar nuestras ricas individualidades para enriquecer, mejorar y dotar de energía espiritual a los espacios que compartimos.

 

Dejar de ser “la gente” para ser personas, seres únicos, que se integran de una manera armónica y tienden a un bien común (que no signifique el perjuicio de otros y que, de paso, mejore el planeta que habitamos).

 

 

Atados a lo masivo, no hemos aprendido aún a ser individuos únicos que celebran al otro como humano único y que se unen a él para la salud del organismo que integran……

  

 

                                           De Corazón a Corazón

  

                                                                                                                    

                                                                     FABI